La carta

¡Qué lindo día! Abrí la ventana y un viento fresco hizo volar cuanto papel tenía sobre la mesa. No dejé que ese pequeño percance alterara mi ánimo y usé hasta las más extrañas alternativas como pisapapeles de emergencia. Retornada la calma, desde la nube de hojas, intenté seguir la rutina imaginada. Molesto, junté las hojas de papel que había comprado previamente en la mañana y me encontré con una flor de esquinas desencuadradas. Con paciencia, con caricias para enderezarlas y con pequeños golpes sobre la mesa logré una adecuada y pequeña resma muy ordenada. La había elegido especialmente, y con sentimiento, de papel pesado; rayaban su blancura unos finos renglones celestes; se parecían, aunque vacíos, a esas cartas que nos enviamos cuando éramos novios, esas que nos sorprenden riendo cada vez que, perdidas, las reencontramos. Me senté a la mesa frente al hueco libre de pisapapeles de ocasión, abstraído, sobre la resma. Ya habría tiempo más adelante para arreglar el desastre.

Por una vieja costumbre de oficina, más caduca que yo, intercalé ese fino papel entintado para obtener una copia, tomé la estilográfica y comencé a escribir. Tanto quería decirte que se me amontonaron las palabras. Un trazo sobre el otro las hacía casi ilegibles.
Reflexioné. Tenemos amor, confianza y tiempo, podía darme el lujo que traen los años de acariciarte con mis frases sin arrebatos. Me tranquilicé y proseguí. Enseguida me reí de mí mismo al achicar la letra, todo no se puede tener, de modo que te escribiré pequeño y apretado, para que quepa cuanto quiera.

No te escribo para contarte de mi vida sin ti ya que es un paréntesis nostálgico que junto con tus aventuras serán las anécdotas de los almuerzos cuando regreses. No. Lo que me impulsa es mi loca imaginación que se empeña en creerte a mi lado y mi mundo cambia. Sé que no estás aquí pero te siento conmigo, cuidando el jardín; esa blanca gardenia es tu sonrisa mientras te escondés; oigo tus pasos, salgo palpitando de anhelo y sólo es la brisa que juega conmigo.

Anoche, mientras soñaba, me diste un beso y hoy todavía lo disfruto sobre mis labios como si fuera una golosina sin fin. Desquiciado, escucho tu risa y algarabía por la casa, busco tus ojos junto a los míos frente al espejo por la mañana. Sin darme cuenta, te creo a mis espaldas y comienzo a contarte alguna novedad. Cuando lo advierto, callo contrito y sonriéndole al destino, pienso contártelo cuando vuelvas mientras maldigo esa lágrima fugitiva que rueda, mancha el papel y borronea la tinta.

Trato de arreglarlo dibujando pequeñas flores alrededor, sin embargo, es una señal para terminar aquí la misiva con buen ánimo, haciéndote llegar mi amor y despidiéndome esperanzado en otro beso para mañana. Por supuesto no he usado el correo electrónico ni el WhatsApp en el convencimiento de que lo que nos une es la magia: simple, amorosa o hechicera.

Termino estampando un gran beso en la parte inferior de la hoja que, advierto, ni siquiera se nota y, desconcertado, espero que tu sensibilidad sea tanta como para notarlo. Medito un momento pensando si olvidé algo y luego comienzo el envío: primero la doblo por la mitad, después la otra mitad y sigo hasta que tiro de las esquinas que se han originado y, milagrosamente, se forma un barco de papel llegado desde mi infancia como un origami occidental; aliso sus costados y acomodo su quilla, ya estoy en la puerta de calle y tratando de pasar desapercibido me acerco al cordón de la vereda.
He pensado en todo. Como es sábado está permitido lavar y un arroyo de agua corre sobre la acera. Allí lo apunto con la corriente y lo abandono a su suerte. Pesado de palabras va lento, lo persigo con alientos que disimulo cuando alguien se cruza conmigo, no lo consigo y sus miradas escurridizas evitan vergonzantes mi locura. No importa. Hoy te escribo y soy distinto.

Apenas damos la vuelta en la esquina cuando una alcantarilla, sorpresivamente se lo traga. Si bien había previsto ese tramo de su viaje, me quedó allí media hora dando vueltas, como un deudo que no se decide a terminar el funeral. Regreso a casa y, francamente, si alguien me pregunta qué pasó hasta el día siguiente, le contestaría llanamente que no lo sé.

Temprano en la mañana bajé agitado buscando tu contestación. Allí estaba sobre la mesa el original de la carta que te envié ayer. Contento, la apoyo de revés sobre la ventana y con el sol recién salido a contraluz, se trasparenta lo que me has escrito como respuesta.

Carlos Caro
Paraná, 9 de diciembre de 2014
Descargar PDF: http://cort.as/USs3

 

 

 
Licencia de Creative Commons
La carta by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro3mge.wordpress.com/.

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2 comments

  1. Carlos Caro, me conmoviste, me alegraste, me inundaste el alma se sentimientos.
    En mis 23 años nunca jamás nadie me escribió una carta de amor y ésta historia me provocó pensar que quién la escribió la escribía para mi.
    Gracias por la primera carta de amor.

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