Negocios, hoy como ayer

Vienen. El miedo es una piedra en mi estómago. Llegan como la peste, inevitable y escondida. Sé que están allí, esperando tras la niebla y la noche, sin embargo, con la ciudad a mis espaldas, recorro la playa de un lado a otro como si los pudiera detener con mis manos hasta que por fin ya no tengo nada que hacer aquí y sí mucho que despedir en casa. Abandono la arena y por instinto recorro las calles sin nombre ni referencias, me pierdo entre rostros preocupados, solo la costumbre me guía hasta mi puerta.

Nadie habla, nadie duerme, es un clima premonitorio de imaginados horrores de devastación y ruina. Cuando comenzó la estación de los vientos todo ese dolor se hizo posible y para cuando llegó el aviso, sólo confirmó la sentencia presentida. Calmo a los niños y los mando a la cama para que intenten dormir, beso con desespero a Julia, la abrazo recorriendo cada centímetro de su figura y recuerdo nostálgico la tranquilidad con la que hace pocos días caminamos hasta la plaza, la molestia y también los gritos de los chicos, el pan aún caliente de la panadería y las verduras frescas que elegimos del canasto de un vendedor de su propia huerta. Nada es inminente pero la tragedia ya roe nuestro futuro.

También saludo a Ranio que me espera con paciencia y hacemos un aparte para charlar; él es edil como yo y, desde hace años, nos oponemos a la codicia demente de los comerciantes a los que el brillo del oro ciega y creyéndose invulnerables nos arrastran a todos al desastre.

Su miopía política es tan grande como sus bolsillos, aprovecharon el progreso de nuestros compradores, el aumento de sus necesidades y entonces, no solo limitaron las cantidades sino que subieron los impuestos sobre el estaño que cruza el estrecho. Así los llenaron de deudas y con ellas pretendieron sojuzgarlos. Lo que lograron es transformarlos en nuestros más acérrimos enemigos. Nos odian.

Ya no hay vuelta atrás, han echado a rodar la propaganda con habladurías de la puta extranjera del heredero y supersticiosos juramentos, así los poderosos se han unido en contra nuestra y sus pueblos quieren ahora el estaño, el oro y nuestras cabezas. Presienten su fuerza, nada los detendrá. Con Ranio masticamos nuestra impotencia, los oligarcas creen que nuestros recursos prevalecerán contra su decisión y su democracia.

El alba inunda de sombras la calle. Al notarlo, nos unimos al río de gente gris y callada; sólo se oye el roce de los pasos mientras nos acompañan, escalón tras escalón, hasta las almenas de la heroica muralla, quieren ser testigos, intuyen que hoy cambia la historia. Como si hubieran escuchado una señal, al unísono, dejan de moverse y el silencio aturde, la niebla cubre el mar y hasta el sol, amedrentado por la expectativa, demora el amanecer.

De pronto, sopla el viento, se descorre la bruma y suenan lejanos mil tambores marcando el tiempo a los remeros, aunque no las necesitan despliegan igual sus decoradas velas a modo de estandartes. Los griegos llegan, se dispersan como hermosas flores de muerte, henchidos de orgullo, creen ser el futuro, deslizan sobre la arena sus naves una tras otra y como hormigas, comienzan a construir sus defensas. Ranio da la orden, los bueyes tiran con esfuerzo y los titánicos portales se cierran definitivos con un golpe profundo que reverbera premonitorio por toda Ilión.

 

Carlos Caro

Paraná, 1 de noviembre de 2014

Descargar PDF: http://cort.as/USsV

 
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Negocios, hoy como ayer by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro3mge.wordpress.com.

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