Esmeraldas

Yo era su ayudante y no dejaba pasar ocasión de vanagloriarme de su importancia aunque ésta fuera prestada. Con mis siete años pisaba fuerte y con seguridad mientras realizaba sus encargos de un lado a otro. Poco sabía a esa edad que era mirado con lástima, aunque no la suficiente para que, con valentía, mejorara mi situación. No conocía a otros niños y mi ignorancia transformaba en habitual mi miseria y dependencia.

Dormía en un rincón de la pequeña cocina donde toda las mañanas y noches me esperaba, como espléndido manjar, un plato de gachas. Al lado estaba su dormitorio y más adelante el salón comercial que daba a la calle. Por detrás de éste, su taller de carpintería, donde armaba los ataúdes, cortaba, cepillaba y lijaba la madera hasta que podía acariciarla con cariño por su suave textura. Era su negocio, su pasatiempo y su único amor.

Alto, enjuto, callado y siempre de negro, debía interpretarlo por sus escasos gestos y señales. No creo que él me tuviera cariño y sin embargo, yo lo amaba aferrándome a él como a un padre ya que era el único que a veces se ocupaba de mí.

Lo llamaban el igualador, no como los cowboys del oeste americano a sus armas, sino que cualquiera fuese el rango o la fortuna del muerto, todos recibían el mismo tipo de ataúd. No había ebanistería ni laqueados brillantes ni broncíneas manijas, solo el pino cuidado y un simple carro para llevarlo al enterradero.

El lugar se llamaba Atahualpa y era apenas algo más que un montón de carpas. Sobresalían el bar con su anexo de cortinados donde atendían las putas y que extrañado recordaba en mis sueños, la carpa grande del sacamuelas que también obraba como médico de urgencia y el local de mi empleador.

Nunca tuvo otro nombre y hasta para mí era el Sr. Sepulturero. Su semblante impávido no invitaba a las bromas y se decía que a los finados que le caían mal los enterraba a poca profundidad y con la tapa del ataúd sin clavar, de tal manera que el cuerpo fuera devorado por los carroñeros de la selva. Justamente este temor era el que había decidido a los desparramados habitantes a llamarlo para que se dedicara a su oficio.

Hacía tres años se había encontrado una veta de esmeraldas en esa pequeña altiplanicie de los Andes y esto atrajo a toda laya de desesperados que, con esperanza, habían nominado al lugar con el nombre de aquel cacique inca cuya diadema había portado, según la leyenda, la gema más grande y, que por supuesto, seguía creciendo en su imaginación año a año.

Al igual que los indios, creían que estas joyas se formaban y embellecían durante la época de las lluvias, que estas lavaban la savia verde de la selva y la condensaban bajo la tierra, donde durante la época seca, se endurecía como el cristal.

Con la invasión de gente vino de todo: los honestos, que solo eran pobres en busca de una vida mejor para sus familias y que trabajaron con ahínco sin advertir que eran ovejas. También vinieron los malvivientes y pulularon, aprovechados, los asesinos como depredadores. Por ambición, alcohol o mal carácter; con palo, cuchillo, o bala, al año sobrevivían únicamente los lobos.

Fueron tantos los despenados olvidados sin respeto en la espesura que en la siguiente época seca, el campamento se llenó de alimañas que se alimentaban de ellos y esparcían sus restos putrefactos junto con un olor inicuo e insoportable. Con esa culpa a cuestas, mudaron el campamento y ese horror les metió tal miedo en el cuerpo que llamaron a un sepulturero.

Una vez al mes llegaba un camión acorazado y en una resplandeciente camioneta todoterreno con aire acondicionado, el comerciante de turno que compraba a bajo costo el sudor verde de las gemas de la selva para venderlas por fortunas, únicas y misteriosas, al resto del mundo.
En una de esas visitas y cuando ya tenía nueve años, ese carpintero de la muerte me dio unos billetes, la dirección de una hermana y me despachó sin más junto al mercader. No hubo mordiscos o arañazos que lo hicieran vacilar y una vez cerrada la puerta del automóvil me dio la espalda y se alejó.

Desde entonces mi vida cambió y se hizo todo lo normal que se supone debía ser. Sin embargo, cada vez que miro a mi hijo de nueve años regresar del colegio, mi mente se reencuentra con la selva, el calor y la humedad. Nunca más supe de él y siempre lo recuerdo con nostalgia, dudando si existió esa lágrima que corrió por su mejilla al girar para darme la espalda y cambiar mi destino.

Carlos Caro
Paraná, 13 de abril de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USro

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6 comments

    1. le daría una collejita. El perro de mi novia está muy ducho en estos temas, pero no me imagino a ningún amigo ni a mi mismo con esa capacidad cononrsitoista de autoplacer.

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      1. Hey, Tr3,&balloYouf#o9;re in Albuquerque? with a demographic makeup like this:The racial makeup of the city was 71.59% White, 3.09% Black or African American, 3.89% Native American, 2.24% Asian, 0.10% Pacific Islander, 14.78% from other races, and 4.31% Multiracial (from two or more races). 39.92% of the population were Hispanic or Latino of any race.??!!Why aren't you living in a town with a high percentage of your favorite ethnic group, like, say, Detroit?

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