Mayonesa

Iré guardando en estos apuntes, las recetas y reflexiones que me generen las soledades, las emergencias culinarias y los amores de mi vida. Está especialmente dedicado a personas del sexo masculino de edad joven o mediana. No he incluido el capítulo para mayores por estar cursándolo y, comprobado que hasta ahora es inútil.

Aclaro esto para que los lectores sean observadores e indulgentes. Probablemente cualquier fémina nos superaría en resultados, sobre todo el monetario; también lo harían en mucho menos tiempo y sin dudas ensuciarían la mitad de los enseres, cacerolas y cubiertos que nosotros. Esto me hace reflexionar que la Biblia nos engaña y que Dios nos escamoteó una mayor unión de los lóbulos cerebrales en lugar de la mísera costilla que tanto promociona.

Retomando el tema, diré que a nosotros lo que nos interesa es el buen final: sobrada cantidad, excelentes cualidades de sabor, olor y que esté listo para cuando, como dicen, el destino nos alcance. Hoy comenzaré con una sencilla mayonesa que aunque parezca poca cosa, más de un mal destino les evitará.

Como ya se ha dicho, si buscamos un buen resultado, debemos usar los mejores ingredientes. Olviden esos gélidos huevos de gallinas biónicas alimentadas con harina de pescado y esos aceites recuperados con disolventes. La yema de los huevos debe tener el color del oro sólido, con una galladura de primera, que nos hable de un gallo iridiscente de cresta color sangre, de una pisada de campeón y un canto tan fuerte que nos deje con la duda de quién despertó a quién con el amanecer.

Es mejor el aceite (aún si estuviera algo turbio) de la primera prensada a cualquiera de las siguientes. Al principio no batimos, revolvemos. Suavemente pero con confianza esas células gigantes, remisas, comienzan a mezclarse.

Recuerdo cuando mezclaba el café con la leche y él azúcar por las mañanas. Acompañabas mis desayunos compartiendo las tostadas con mermelada y un yogur para tu silueta. Arrumacos desesperados y una mutua partida caótica que se me hacen como las primeras gotas de aceite que caen para la mezcla.

Ahora sí. Comienza el batido increscendo en el sentido de las agujas del reloj (no conozco la receta para zurdos), ese mismo que todos los días me acusa de impuntual y me sumerge en el trabajo que me cambia. Me cambia como los giros a la salsa su contextura, ambos parecemos cremosos.

Hay veces que la locura diaria me altera y, descuidado, cambio el sentido del batido o, cansado, de mano. Craso error. Es muy probable que tan impensada actitud tenga consecuencias funestas. Al regresar a casa, en lugar de a mi media naranja encontraré medio agrio limón y, la mayonesa “cortada”; en estos casos, se impone el auto dominio y la frialdad. Poniendo la mayonesa sobre hielo con paciencia, piropos y pequeñas caricias se comienza a revolver suavemente.

Los chistes ya producen sonrisas, los besos ardor y ya he recuperado un estupendo aderezo que olvido sobre la mesa mientras te sigo apurado.

 

Carlos Caro
Paraná, 7 de enero de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USsK

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