El Doblón español

Errando cabizbajo por las calles, encontré una moneda. Al levantarla, me pareció un doblón español de oro y la guardé con premura en lo profundo de mi bolsillo. Miré hacia todos lados para despejar la sospecha de que me hubieran visto hacerlo o echar a correr si aparecía el dueño que volvía por ella y, apurado seguí, haciéndome el distraído.

Los nervios no me dieron paz, de modo que tan sólo quince metros más adelante, al encontrar un hondo umbral quise revisarla. Tan pesada me pareció que salió escondida junto al pañuelo que llevaba de antes. Vi el áureo brillar de su borde en el preciso instante en que unos tacos femeninos se acercaban veloces. Guardé todo asustado aunque mi mano ya no quiso abrirse en el bolsillo. Cuando pasó la joven rozándome apenas con una mirada, la seguí, tratando de esconderme en su sombra y confundirme con las paredes.

Tranquilidad y sosiego es lo que necesito para pensar. Por ello, recupero el control de mi mezquina extremidad y me siento en el primer banco de una plaza, todavía frenético. Pienso que mi suerte ha cambiado en el momento preciso. Ya ni siquiera me alcanzaba el dinero para comer el mes completo y, si sobrevivo, es gracias al pobre Juan quien, sin pedir nunca nada a cambio, me invita sonriente y me levanta el ánimo. No entiendo nada de numismática pero aún sin verlo en detalle, se nota que este doblón es muy antiguo ¡Y de oro!, debe valer una fortuna. Una fortuna…, qué haré yo con una fortuna?

Es como abrir una maleta que no cerraba por la cantidad de ropas, así se abre mi corazón que, reprimido por el infortunio, grita ahora tu nombre y mis ojos se borronean al no dejar escapar las lágrimas. Vuelvo a sufrir tu alejamiento, el que yo mismo elegí para no arrastrarte en mi caída y una sonrisa tonta se instala en mi rostro mientras imagino el verte de nuevo.

Así comienzo la lista: primero será el aseo personal, me daré un baño espectacular lleno de vapor y jabón perfumado que terminará con el fuerte frote de la toalla.
Luego en la peluquería, cuando llegue mi turno, en el sillón especial, subo, bajo y parece que giro sin dirección, mientras me arreglan el pelo, esconden las canas y borran mi barba de días. Después, saldré de compras por la calle principal mirando sólo los escaparates de los negocios más caros. Zapatos, pantalón y camisa nuevos renovarán mi aspecto y así, por fin, me sentiré digno de vos.

Temo verte. Aunque enloquecí por las noticias que me dio Juan, no soportaré ver en tus ojos que te he perdido, que quieres a otro y me has olvidado. Imagino que primero te llamaré por teléfono, si presiento que aún me amas seguiré intimando, te preguntaré por tu trabajo, por tu familia y con tartamudeos, por tus amores.
Si mis fantasías se cumplen te invitaré a cenar en ese bello restaurante que siempre miramos con anhelo y a la luz de las velas y con un suave vino te pediré que retomemos nuestra relación.

Me pondré en marcha ya mismo y preguntaré en el banco el valor aproximado de la moneda. No me dejaré engañar. Por lo menos es una pieza de ocho escudos. Tocaré todas las puertas que sean necesarias para obtener el mejor precio. Decidido, busco la pieza en mi bolsillo y un escalofrío recorre mi espalda cuando siento, con una extraña lejanía, mi mano liviana. Esta saca el pañuelo, lo abre y sólo encuentro medio doblón arrugado de fino papel de aluminio dorado junto al chocolate que, al escurrirse, lo mancha.

Se abaten mis hombros con un cansancio sin límites, mi razón naufraga y mi alma se rinde. La moneda no era de ocho ni de cuatro escudos, era una simple moneda de chocolate. La fortuna, solo un sueño. Y ahora recuerdo lo que me contó Juan la semana pasada que me provocó morir en vida: tu casamiento con otro.

Sin embargo, todo esta ilusión me ha hecho tocar fondo, ha conseguido desclavarte de mi corazón y mañana, al comenzar a olvidarte, podré irme adonde me lleve la suerte para comenzar de nuevo. Mañana seré otro, me repito insistente con una media sonrisa, sé que seré un bufón que parecerá feliz. Mientras, lamo y mastico en el pañuelo el chocolate, cuidando de apartar su áureo camuflaje de juguete y pienso que nunca comí un chocolate más amargo que este.

Carlos Caro

Paraná, 21 de enero de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USrS

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