Velorio de campo

Llegamos a media tarde. Habíamos recorrido unos cien kilómetros en mi pequeño automóvil y acudimos consternados por la noticia de la muerte inesperada de tu abuelo. En realidad no entendía esa situación, era en cierto modo surrealista, pues no había tenido abuelos varones ya que habían fallecido antes de mi nacimiento.

Sin embargo, con lo poco que lo conocí, percibí el cariño subterráneo que le profesabas. Su propiedad era un campo pequeño que estaba justo después que terminaba el pueblo y su entrada, guardada por una tranquera, estaba señalada por la cantidad de vehículos estacionados paralelos al camino de tierra.

Acostumbrado a la ciudad, me asombré de que la gente se hubiera acercado, no sólo en automóviles sino también en carros, sulkies y enjaezados caballos que se aburrían pastando atados al palenque.

Por supuesto, era velado en el comedor principal que había perdido su apariencia vaciado de muebles. La gran casa tenía forma de L y su lado menor estaba formado por la habitación de la cocina y el comedor de trabajo. Su rústica mesa era capaz de dar abasto no sólo con la familia si no con cuantos visitantes se arrimaran.

Antiguamente, en época de siembra o cosecha (me habías contado), en la rugiente cocina a leña se preparaba la comida para toda las peonada interviniente y se llevaba donde estuvieran para no detener el trabajo que aquí dependía del clima.

A esta hora, prácticamente todo el pueblo ya había presentado sus condolencias y amontonado junto a las mujeres de la familia a las más lloronas, esas que, por desacostumbrado, me estremecieron con sus lágrimas y gemidos.

Lo había conocido poco y quizás por eso o por mi ignorancia total de los quehaceres rurales, no había nacido todavía cariño entre nosotros, sólo un mutuo respeto. Lo recuerdo alto y enjuto, de pocas palabras pero sonriente y nunca quieto; tenía un importante ascendiente social y había sido dos veces presidente de la cooperativa. Con los años aprendí el reconocimiento de liderazgo y honestidad que entrañan cargos como ese.

Ya había anochecido y seguían llegando personas de los pueblos cercanos. Se había encendido una gran fogata que iluminaba el fondo mejor que algunos focos diseminados y luego se habían usado las brasas para preparar un sorpresivo pero necesario asado (los gruñidos de mi estómago lo agradecieron).

Comprendí que estando las mujeres ocupadas recibiendo los pésames, el proveer la comida quedaba a cargo de los hombres y el asado era lo mejor que sabían hacer. Entre idas y venidas transcurrió esa noche que he olvidado, quizás por no encontrarte o haberme dormido.

A la mañana siguiente se lo llevaron. Había sol pero todo se veía de un ceniza gris como si estuviera nublado, excepto el carro fúnebre con molduras y laqueado de negro, cristales en los costados que dejarían ver el féretro y dos espléndidos caballos oscuros. Una vez ubicado en él, emprendió con pompa y circunstancia el camino al cementerio y detrás se formó un extraño y largo cortejo de automóviles, carros y caballos.

Sin el tráfico de la ciudad, fue un desfile tranquilo que permitió en el trayecto rememorar al fallecido. Atravesó las murallas del camposanto a través de la reja abierta y se detuvo frente al panteón hecho por el padre del extinto, que, con sus costumbres italianas lo había edificado como capilla con mármoles y vitreaux que ni siquiera poseyó en su casa.

Una vez ubicado dentro, comenzó el retorno de los presentes, te apuré para que subieras al automóvil, ese al que hoy y siempre recuerdo con cariño, pues fue el auto que apadrinó nuestro noviazgo y casamiento. Al cruzar frente a la casa del abuelo sentí un premonitorio escalofrío, las rosas del frente se negaron a florecer, de los frutales del fondo habían caído todos sus frutos y las gallinas, sin nadie que las alimentara o protegiera, se escondían silenciosas.

Sólo el gallo vigilaba la tranquera abierta a través de la cual vi salir satisfecha y solapada a la muerte. Joven y tonto aceleré, pensando que así huiría de ella.

Carlos Caro
Paraná, 22 de marzo de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/UStM

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