Espero el otoño

Lo anunciaron ayer como una curiosidad más de este año tan especial, sería un día de temperaturas moderadas. Aunque fue el pronóstico oficial del tiempo, lo consideré por sus yerros, más cercano a un supersticioso horóscopo, sin embargo, se cumplió.

Me desperté contento en este extraño día primaveral que rebosaba sol y frescura, aunque…, al poco rato advertí su demencia. Quizás sólo se traspapeló y apareció, despistado, cuando aún no era su turno. Al contrario de sus homólogos del verano, traía un frío invernal que me paralizó de cuajo en mi liviano pijamas. Me encojo de hombros y uso hasta la más pequeña prenda de abrigo que Julia, con su celo, no ha guardado hasta el año que viene.

Al mirar por la ventana que da a la calle, me divierto con la penuria ajena pues no soy el único sorprendido por la baja temperatura. Veo pasar buzos de jogging superpuestos, delicadas chalinas que con mil vueltas intentan emular a una simple bufanda, incongruentes impermeables de lluvia que han recuperado su forro y al inefable Don Pedro quien, feliz por la ocasión, aprovecha para lucir sin calores su simbiótica boina.

Con todo esto, mi vestimenta de arlequín pasará desapercibida y decido dar un paseo como aquellos de antaño. Siento que un río de gente me fagocita y me lleva. Por costumbre me apresuro a igualar el ritmo de ellos sin saber por qué o adónde. Me enojo por mi mansedumbre y pongo fin a esta situación con un brusco frenazo que me depara más de un “gentil” comentario de los que me siguen. Con disculpas me hago a un lado para no molestar. Comienzo de nuevo: me tranquilizo y entrecierro los ojos; sitúo mi mente en un mundo intemporal, mis pasos se vuelven serenos y ahora noto esos detalles que sí valen la pena.

La gente se esfuma en un borrón molesto, los automóviles retroceden años; son ahora pocos, lentos, negros. Miro hacia arriba y me sorprenden los balcones engalanados de flores que forman una cinta multicolor sobre las veredas que creía soleadas. Sin embargo, al mirar hacia abajo descubro a los cuidados canteros donde a espacios regulares crecen los árboles, quienes amablemente brindan una sombra inesperada sobre las veredas que cambia al vaivén de la brisa. Son los caminos del pasado que recorro con firmes piernas mientras saludo a los vecinos, también oigo gritar sus mercancías al verdulero y el chiflo con que se anuncia el afilador de cuchillos.

Los mismos canteros de los árboles, aunque exiguos, esconden las lombrices que desesperan de gula a los pájaros y albergan ramilletes de flores diminutas que compensan su pequeñez con la generosidad de su número. Mi imaginación delira, encuentro la más hermosa de las gardenias que crece entre dos baldosas de la vereda, me rindo a su perfume, la acaricio y presiento la ternura de la que será mi amada.

La realidad me da alcance, me regresa y me aferra sin piedad: un feo zapato aplasta la gardenia y sigue adelante sin inmutarse por su crimen. Me detengo apabullado, la escarcha de aquellas ilusiones se rompe en mi mente, la multitud afanosa me rodea de nuevo, los automóviles braman y ostentan colores, de modo que las veredas vuelven a ser solo lugares de tránsito en este estío inclemente.

Parece que alguien le recordó el almanaque al día y, como tratando de enmendar su error, sube tanto la temperatura que el tufo de la ciudad me asquea. Llamo a un taxi para regresar a casa, si lo intento caminando estas veredas ahora taladas, se me freirán los sesos antes de llegar. Cierro la puerta de la calle y a medida que me adentro, se apaga el batifondo del mundo estival.

Enciendo el aire acondicionado, es una suerte contar con su mecánico aire fresco, a su vez, protegido del calentamiento global y del agujero de ozono por el ventanal de vidrios polarizados, miro este nuevo jardín lleno de flores resistentes a los rayos infrarrojos y ultravioletas. Aún falta pasar el verano radiante, me digo, de modo que me armo de paciencia y con bronceador y lentes oscuros espero el otoño.

 

Carlos Caro/MJ

Paraná, 4 de noviembre de 2014

Descargar PDF: http://cort.as/USrx

 

 

 
Licencia de Creative Commons
Espero el otoño by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro3mge.wordpress.com/.

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