Dudas con el tiempo

¿En realidad fue así mi vida? ¿Tal y como la recuerdo? He trastocado los días, los dolores y los amores, ¿o son solo chispazos entre neuronas que se perciben como formas reflejadas? Mi propia razón enquistó la duda. Me observé en una vieja fotografía de carnet y, si no fuera por mi nombre que figuraba al dorso, vaya a saberse quién era el personaje. Esto me inclina a creer el dicho de que la vida es un río que corre y nunca será el mismo dos veces.

Pienso entonces que mis recuerdos son fantasmas, gotas de ese río que, al verlas separadas parecen engañosamente estáticas. También advierto que la velocidad subjetiva de mi existencia es inversa a la cantidad de años. O sea, de joven el tiempo parecía un caracol, era difícil juntar los años necesarios para realizar una u otra de esas cosas interesantes. Mientras que ahora, atiborrado de ellos, y con ya un solo destino, azota como un monzón.

¿Qué trampas de la imaginación desarma nuestra mente para no caer en ellas? ¿Qué semillas de desconcierto planta sin saber cuánto o como crecerán? ¿Cómo llegué a desear, iluso, ese tupido pelo y la brillante sonrisa que no volverán desde la pequeña foto? Es demasiado extraño, no lo abarco y me confundo.
Recorro caminos actuales y a la vez, mi memoria, los superpone con los remedos del ayer. Me parecen los mismos colores, similares los lugares pero, sin embargo, los separan muchos años, una ilusión y un par de gruesos lentes que, estoy seguro, antes no existían.

Engañado, pensé que ese río se podía remontar a voluntad. Que con un salvavidas, un casco, un gomón y un fuerte remo, me iría adaptando a la corriente: nuevos trabajos y amores, hijos tal vez, nuevos hogares y modas.
Diversa suerte tuve al ese recorrer siempre el hoy, nunca miré atrás para ver la estela de los ayeres que se diluía y se escondía en los mismos lugares donde anidaban los sentimientos.
Y eso es lo que aprendo.

La única forma en que el pasado vuelva a ser hoy es recordándolo junto a los sentimientos. Ellos invierten lo que creo probado y el hoy, lo es, a través de ese pasado.

Qué me importan nuestros cabellos grises o las sonrisas no del todo propias. O los ojos, que si los guiñamos con magia, hacen translucir y desaparecer cada una de las arrugas. O, que así convertidos, hacen palpitar nuestro corazón cuando se miran. Todo esto es más real que la realidad, es nuestro hoy de todos los días ¿Por qué quisiéramos volver a pasar por todo lo bueno y lo malo del ayer en lugar de disfrutar de nuestro selectivo hoy? Ese que está compuesto por una frágil medida de memoria, otra brillante de existencia y una duda infinita por lo que falta venir.

Carlos Caro
Paraná, 04 de enero de 2015
Descargar PDF: http://cort.as/USr2

 

 

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