No te vayas

La demencia que me provoca la furia me acecha y me da ideas desmesuradas ¿Cien pastillas de alprazolam o cien pastillas de clonazepam? Esas son las balas de mi ruleta rusa que acallarán mi conciencia ¿Cuál será la que me produzca mayor efecto?

No se trata aquí de un inocuo porro fumado cuyo humo pretenda darme ligereza. No. Necesito la mayor ayuda que me dé la química para no resistirme y abrir mi cabeza al golpear las paredes, para poder arrancar los ojos de mis órbitas, para morderme la lengua hasta morir desangrado.

Tengo el pecho atravesado de heridas provocadas por mis dedos engarfiados. Quiero desgarrarlo, abrirlo y quitar de allí mi corazón. Tanto es el dolor que me provoca tu partida que me destruye por dentro, como un cáncer, que nada logra aliviar.

Alienado por el alcohol vuelvo a sufrir una y otra vez el ver tu espalda que se va. Con una pequeña maleta como compañía, cerraste la puerta al pasar con un golpe tan rotundo como definitivo. Allí quedé. Perplejo y casi inútil. Como si fuera un bollo de papel, arrojé, lejos y enojado, mi machismo y me revolqué sin vergüenza en la pena con pañuelos y whisky.

— ¿De qué me sirve ahora lamentarme?

— ¿De qué me sirve mi orgullo?

Quizás si la lengua hubiera sido mía y no de ese energúmeno que me posee, un solo “te quiero” hubiera bastado o una caricia sobre tu mejilla. Era necesario que antes pidiera tu perdón, que diera el primer paso, que sostuviera la valija para que tus brazos, libres, me abracen y quizás también me dieras un beso salado por nuestras lágrimas. Me engaño. El dolor y la rabia contra mí mismo me desboca la imaginación. Esto no hubiera sucedido así de ninguna manera.

Hace meses que tenemos problemas, que peleamos o hablamos poco. La crisis económica hizo girar nuestro mundo, polvo nuestros proyectos; nos sentimos frustrados, sin salida y encajando los dientes, sólo atinamos a sobrevivir. Hemos pospuesto, Dios sabe hasta cuándo, tener hijos y ahora que lo pienso también pospusimos nuestros sueños, nuestras risas y nuestras cotidianas alegrías. Ha sido una carga pesada la convivencia con estos lastres. Reconozco que al verme fallar como proveedor, me encerré en una caparazón lleno de cólera, y mientras trataba de protegerte, en realidad te alejaba.

Sí. También reconozco mis celos enfermizos cuando, desencajado, te reprochaba hasta un café con los amigos. Ahora que es tarde aprecio lo comprensiva y compañera que has sido, nunca pretendiste algo mayor de lo que te daba y si no has estado más cerca, es porque yo, porfiado, no te lo permití.

— ¡Mariela! — Me mira inmóvil y callada desde la puerta. No la oí entrar, me levanto apurado y trastabillo, enjugo mi cara con los pañuelos y la manga de la camisa —Disculpá el desastre, he bebido, llorado y pensado en nosotros como un tormento que me aniquila. Perdoná haber sido tan insensible, por favor, no te vayas, intentalo de nuevo.

Como una fría estatua de ojos ya secos y la pequeña valija como testigo, noto que la historia de nuestra convivencia se proyecta como una película en tu mente, el fiel de la balanza vacila…, y, vacila…

Carlos Caro
Paraná, 7 de diciembre de 2014

Descargar PDF: http://cort.as/USsk

 

 

 

 

Licencia de Creative Commons
No te vayas by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro3mge.wordpress.com.

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