Espero el otoño

Lo anunciaron ayer como una curiosidad más de este año tan especial, sería un día de temperaturas moderadas. Aunque fue el pronóstico oficial del tiempo, lo consideré por sus yerros, más cercano a un supersticioso horóscopo, sin embargo, se cumplió.

Me desperté contento en este extraño día primaveral que rebosaba sol y frescura, aunque…, al poco rato advertí su demencia. Quizás sólo se traspapeló y apareció, despistado, cuando aún no era su turno. Al contrario de sus homólogos del verano, traía un frío invernal que me paralizó de cuajo en mi liviano pijamas. Me encojo de hombros y uso hasta la más pequeña prenda de abrigo que Julia, con su celo, no ha guardado hasta el año que viene.

Al mirar por la ventana que da a la calle, me divierto con la penuria ajena pues no soy el único sorprendido por la baja temperatura. Veo pasar buzos de jogging superpuestos, delicadas chalinas que con mil vueltas intentan emular a una simple bufanda, incongruentes impermeables de lluvia que han recuperado su forro y al inefable Don Pedro quien, feliz por la ocasión, aprovecha para lucir sin calores su simbiótica boina.

Con todo esto, mi vestimenta de arlequín pasará desapercibida y decido dar un paseo como aquellos de antaño. Siento que un río de gente me fagocita y me lleva. Por costumbre me apresuro a igualar el ritmo de ellos sin saber por qué o adónde. Me enojo por mi mansedumbre y pongo fin a esta situación con un brusco frenazo que me depara más de un “gentil” comentario de los que me siguen. Con disculpas me hago a un lado para no molestar. Comienzo de nuevo: me tranquilizo y entrecierro los ojos; sitúo mi mente en un mundo intemporal, mis pasos se vuelven serenos y ahora noto esos detalles que sí valen la pena.

La gente se esfuma en un borrón molesto, los automóviles retroceden años; son ahora pocos, lentos, negros. Miro hacia arriba y me sorprenden los balcones engalanados de flores que forman una cinta multicolor sobre las veredas que creía soleadas. Sin embargo, al mirar hacia abajo descubro a los cuidados canteros donde a espacios regulares crecen los árboles, quienes amablemente brindan una sombra inesperada sobre las veredas que cambia al vaivén de la brisa. Son los caminos del pasado que recorro con firmes piernas mientras saludo a los vecinos, también oigo gritar sus mercancías al verdulero y el chiflo con que se anuncia el afilador de cuchillos.

Los mismos canteros de los árboles, aunque exiguos, esconden las lombrices que desesperan de gula a los pájaros y albergan ramilletes de flores diminutas que compensan su pequeñez con la generosidad de su número. Mi imaginación delira, encuentro la más hermosa de las gardenias que crece entre dos baldosas de la vereda, me rindo a su perfume, la acaricio y presiento la ternura de la que será mi amada.

La realidad me da alcance, me regresa y me aferra sin piedad: un feo zapato aplasta la gardenia y sigue adelante sin inmutarse por su crimen. Me detengo apabullado, la escarcha de aquellas ilusiones se rompe en mi mente, la multitud afanosa me rodea de nuevo, los automóviles braman y ostentan colores, de modo que las veredas vuelven a ser solo lugares de tránsito en este estío inclemente.

Parece que alguien le recordó el almanaque al día y, como tratando de enmendar su error, sube tanto la temperatura que el tufo de la ciudad me asquea. Llamo a un taxi para regresar a casa, si lo intento caminando estas veredas ahora taladas, se me freirán los sesos antes de llegar. Cierro la puerta de la calle y a medida que me adentro, se apaga el batifondo del mundo estival.

Enciendo el aire acondicionado, es una suerte contar con su mecánico aire fresco, a su vez, protegido del calentamiento global y del agujero de ozono por el ventanal de vidrios polarizados, miro este nuevo jardín lleno de flores resistentes a los rayos infrarrojos y ultravioletas. Aún falta pasar el verano radiante, me digo, de modo que me armo de paciencia y con bronceador y lentes oscuros espero el otoño.

 

Carlos Caro/MJ

Paraná, 4 de noviembre de 2014

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Velorio de campo

Llegamos a media tarde. Habíamos recorrido unos cien kilómetros en mi pequeño automóvil y acudimos consternados por la noticia de la muerte inesperada de tu abuelo. En realidad no entendía esa situación, era en cierto modo surrealista, pues no había tenido abuelos varones ya que habían fallecido antes de mi nacimiento.

Sin embargo, con lo poco que lo conocí, percibí el cariño subterráneo que le profesabas. Su propiedad era un campo pequeño que estaba justo después que terminaba el pueblo y su entrada, guardada por una tranquera, estaba señalada por la cantidad de vehículos estacionados paralelos al camino de tierra.

Acostumbrado a la ciudad, me asombré de que la gente se hubiera acercado, no sólo en automóviles sino también en carros, sulkies y enjaezados caballos que se aburrían pastando atados al palenque.

Por supuesto, era velado en el comedor principal que había perdido su apariencia vaciado de muebles. La gran casa tenía forma de L y su lado menor estaba formado por la habitación de la cocina y el comedor de trabajo. Su rústica mesa era capaz de dar abasto no sólo con la familia si no con cuantos visitantes se arrimaran.

Antiguamente, en época de siembra o cosecha (me habías contado), en la rugiente cocina a leña se preparaba la comida para toda las peonada interviniente y se llevaba donde estuvieran para no detener el trabajo que aquí dependía del clima.

A esta hora, prácticamente todo el pueblo ya había presentado sus condolencias y amontonado junto a las mujeres de la familia a las más lloronas, esas que, por desacostumbrado, me estremecieron con sus lágrimas y gemidos.

Lo había conocido poco y quizás por eso o por mi ignorancia total de los quehaceres rurales, no había nacido todavía cariño entre nosotros, sólo un mutuo respeto. Lo recuerdo alto y enjuto, de pocas palabras pero sonriente y nunca quieto; tenía un importante ascendiente social y había sido dos veces presidente de la cooperativa. Con los años aprendí el reconocimiento de liderazgo y honestidad que entrañan cargos como ese.

Ya había anochecido y seguían llegando personas de los pueblos cercanos. Se había encendido una gran fogata que iluminaba el fondo mejor que algunos focos diseminados y luego se habían usado las brasas para preparar un sorpresivo pero necesario asado (los gruñidos de mi estómago lo agradecieron).

Comprendí que estando las mujeres ocupadas recibiendo los pésames, el proveer la comida quedaba a cargo de los hombres y el asado era lo mejor que sabían hacer. Entre idas y venidas transcurrió esa noche que he olvidado, quizás por no encontrarte o haberme dormido.

A la mañana siguiente se lo llevaron. Había sol pero todo se veía de un ceniza gris como si estuviera nublado, excepto el carro fúnebre con molduras y laqueado de negro, cristales en los costados que dejarían ver el féretro y dos espléndidos caballos oscuros. Una vez ubicado en él, emprendió con pompa y circunstancia el camino al cementerio y detrás se formó un extraño y largo cortejo de automóviles, carros y caballos.

Sin el tráfico de la ciudad, fue un desfile tranquilo que permitió en el trayecto rememorar al fallecido. Atravesó las murallas del camposanto a través de la reja abierta y se detuvo frente al panteón hecho por el padre del extinto, que, con sus costumbres italianas lo había edificado como capilla con mármoles y vitreaux que ni siquiera poseyó en su casa.

Una vez ubicado dentro, comenzó el retorno de los presentes, te apuré para que subieras al automóvil, ese al que hoy y siempre recuerdo con cariño, pues fue el auto que apadrinó nuestro noviazgo y casamiento. Al cruzar frente a la casa del abuelo sentí un premonitorio escalofrío, las rosas del frente se negaron a florecer, de los frutales del fondo habían caído todos sus frutos y las gallinas, sin nadie que las alimentara o protegiera, se escondían silenciosas.

Sólo el gallo vigilaba la tranquera abierta a través de la cual vi salir satisfecha y solapada a la muerte. Joven y tonto aceleré, pensando que así huiría de ella.

Carlos Caro
Paraná, 22 de marzo de 2015
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Renacer

Siempre quise vivir y nunca desfallecí pensando que era mejor morir. Sin embargo, no pensé que durar en el tiempo me traería tantos sinsabores. Mi memoria está rota en mil pedazos y a su vez, cada uno de ellos fragmentado; está llena de entremezclados buenos y malos momentos de familia. Evoco, sin la seguridad de saber, que al final solo eran mis hijos velando mis restos sobre la cama. Luego todo se trastoca, me parece subir y bajar, ser, no ser y ser nuevamente de manera distinta en una danza demencial que emprende mi alma.

Es el principio, comienzo a reconocer mis problemas. De seguro no son mis cabellos, tengo muy pocos y cortos. Mis músculos no responden, es como si tuviera un Parkinson que se ha hecho galopante; no puedo coordinar ningún movimiento y trasladarme de un lado a otro requiere de una preparación que los que me cuidan no están dispuestos a repetir continuamente y por eso, me han condenado a permanecer en una misma habitación.

Mis ojos, que apenas ven, ni siquiera me orientan sobre la forma y dimensiones de la morada. Es parte de mi prisión no reconocer donde estoy y que mis memorias inventen cada detalle de sus límites hasta que al final todas ellas sean borradas.

Podría haber sido peor, lo admito, me hubiera aterrado que encargaran mis cuidados a extraños, como otras veces. No controlo los esfínteres, no me doy cuenta y, aunque llore, varias veces deben cambiar mis prendas enchastradas con heces y orina.

Me desnudan sin el menor miramiento, tenga frío o calor. Protestan cada vez, como si dependiera de mí y me limpian sin decoro las partes pudendas. Me acomodan un pañal, lo ajustan con las cintas adherentes y me cubren con nuevos ropajes; es tanto el hastío que ya ni les preocupa el próximo evento.

No tengo días ni noches. De día se mezcla a deshora la luz del sol con la de las lámparas, y de noche, su oscuridad se confunde con la de las cortinas cerradas. Mi universo está poblado de sombras y colores que se mueven sin concierto, de infinitos ruidos ignotos que a veces me gustan y otras tantas me irritan. Únicamente reconozco con amor y nostalgia el palpitar de un primigenio corazón.

El tiempo parece transcurrir solo en mi mente y puede ser una mentira como otras que se confunden en un maremágnum de sensaciones, sin embargo, lo sigo a través de las comidas. Desdentado, no puedo masticar y me conformo con sorber leche o preparados de polvos nutritivos y agua, los cuales trasiego sin fondo.

Ya todo cambió. Aunque mi alma es la misma, sigue su camino. Y el ser de mi vida anterior sólo vuelve un instante como mirando por una rendija antes que su memoria sea borrada y reemplazada por mi nueva personalidad que renace con hambre y urge con un grito por el pezón de mi nueva mamá.

Carlos Caro

Paraná, 13 de enero de 2015
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El Doblón español

Errando cabizbajo por las calles, encontré una moneda. Al levantarla, me pareció un doblón español de oro y la guardé con premura en lo profundo de mi bolsillo. Miré hacia todos lados para despejar la sospecha de que me hubieran visto hacerlo o echar a correr si aparecía el dueño que volvía por ella y, apurado seguí, haciéndome el distraído.

Los nervios no me dieron paz, de modo que tan sólo quince metros más adelante, al encontrar un hondo umbral quise revisarla. Tan pesada me pareció que salió escondida junto al pañuelo que llevaba de antes. Vi el áureo brillar de su borde en el preciso instante en que unos tacos femeninos se acercaban veloces. Guardé todo asustado aunque mi mano ya no quiso abrirse en el bolsillo. Cuando pasó la joven rozándome apenas con una mirada, la seguí, tratando de esconderme en su sombra y confundirme con las paredes.

Tranquilidad y sosiego es lo que necesito para pensar. Por ello, recupero el control de mi mezquina extremidad y me siento en el primer banco de una plaza, todavía frenético. Pienso que mi suerte ha cambiado en el momento preciso. Ya ni siquiera me alcanzaba el dinero para comer el mes completo y, si sobrevivo, es gracias al pobre Juan quien, sin pedir nunca nada a cambio, me invita sonriente y me levanta el ánimo. No entiendo nada de numismática pero aún sin verlo en detalle, se nota que este doblón es muy antiguo ¡Y de oro!, debe valer una fortuna. Una fortuna…, qué haré yo con una fortuna?

Es como abrir una maleta que no cerraba por la cantidad de ropas, así se abre mi corazón que, reprimido por el infortunio, grita ahora tu nombre y mis ojos se borronean al no dejar escapar las lágrimas. Vuelvo a sufrir tu alejamiento, el que yo mismo elegí para no arrastrarte en mi caída y una sonrisa tonta se instala en mi rostro mientras imagino el verte de nuevo.

Así comienzo la lista: primero será el aseo personal, me daré un baño espectacular lleno de vapor y jabón perfumado que terminará con el fuerte frote de la toalla.
Luego en la peluquería, cuando llegue mi turno, en el sillón especial, subo, bajo y parece que giro sin dirección, mientras me arreglan el pelo, esconden las canas y borran mi barba de días. Después, saldré de compras por la calle principal mirando sólo los escaparates de los negocios más caros. Zapatos, pantalón y camisa nuevos renovarán mi aspecto y así, por fin, me sentiré digno de vos.

Temo verte. Aunque enloquecí por las noticias que me dio Juan, no soportaré ver en tus ojos que te he perdido, que quieres a otro y me has olvidado. Imagino que primero te llamaré por teléfono, si presiento que aún me amas seguiré intimando, te preguntaré por tu trabajo, por tu familia y con tartamudeos, por tus amores.
Si mis fantasías se cumplen te invitaré a cenar en ese bello restaurante que siempre miramos con anhelo y a la luz de las velas y con un suave vino te pediré que retomemos nuestra relación.

Me pondré en marcha ya mismo y preguntaré en el banco el valor aproximado de la moneda. No me dejaré engañar. Por lo menos es una pieza de ocho escudos. Tocaré todas las puertas que sean necesarias para obtener el mejor precio. Decidido, busco la pieza en mi bolsillo y un escalofrío recorre mi espalda cuando siento, con una extraña lejanía, mi mano liviana. Esta saca el pañuelo, lo abre y sólo encuentro medio doblón arrugado de fino papel de aluminio dorado junto al chocolate que, al escurrirse, lo mancha.

Se abaten mis hombros con un cansancio sin límites, mi razón naufraga y mi alma se rinde. La moneda no era de ocho ni de cuatro escudos, era una simple moneda de chocolate. La fortuna, solo un sueño. Y ahora recuerdo lo que me contó Juan la semana pasada que me provocó morir en vida: tu casamiento con otro.

Sin embargo, todo esta ilusión me ha hecho tocar fondo, ha conseguido desclavarte de mi corazón y mañana, al comenzar a olvidarte, podré irme adonde me lleve la suerte para comenzar de nuevo. Mañana seré otro, me repito insistente con una media sonrisa, sé que seré un bufón que parecerá feliz. Mientras, lamo y mastico en el pañuelo el chocolate, cuidando de apartar su áureo camuflaje de juguete y pienso que nunca comí un chocolate más amargo que este.

Carlos Caro

Paraná, 21 de enero de 2015
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Mayonesa

Iré guardando en estos apuntes, las recetas y reflexiones que me generen las soledades, las emergencias culinarias y los amores de mi vida. Está especialmente dedicado a personas del sexo masculino de edad joven o mediana. No he incluido el capítulo para mayores por estar cursándolo y, comprobado que hasta ahora es inútil.

Aclaro esto para que los lectores sean observadores e indulgentes. Probablemente cualquier fémina nos superaría en resultados, sobre todo el monetario; también lo harían en mucho menos tiempo y sin dudas ensuciarían la mitad de los enseres, cacerolas y cubiertos que nosotros. Esto me hace reflexionar que la Biblia nos engaña y que Dios nos escamoteó una mayor unión de los lóbulos cerebrales en lugar de la mísera costilla que tanto promociona.

Retomando el tema, diré que a nosotros lo que nos interesa es el buen final: sobrada cantidad, excelentes cualidades de sabor, olor y que esté listo para cuando, como dicen, el destino nos alcance. Hoy comenzaré con una sencilla mayonesa que aunque parezca poca cosa, más de un mal destino les evitará.

Como ya se ha dicho, si buscamos un buen resultado, debemos usar los mejores ingredientes. Olviden esos gélidos huevos de gallinas biónicas alimentadas con harina de pescado y esos aceites recuperados con disolventes. La yema de los huevos debe tener el color del oro sólido, con una galladura de primera, que nos hable de un gallo iridiscente de cresta color sangre, de una pisada de campeón y un canto tan fuerte que nos deje con la duda de quién despertó a quién con el amanecer.

Es mejor el aceite (aún si estuviera algo turbio) de la primera prensada a cualquiera de las siguientes. Al principio no batimos, revolvemos. Suavemente pero con confianza esas células gigantes, remisas, comienzan a mezclarse.

Recuerdo cuando mezclaba el café con la leche y él azúcar por las mañanas. Acompañabas mis desayunos compartiendo las tostadas con mermelada y un yogur para tu silueta. Arrumacos desesperados y una mutua partida caótica que se me hacen como las primeras gotas de aceite que caen para la mezcla.

Ahora sí. Comienza el batido increscendo en el sentido de las agujas del reloj (no conozco la receta para zurdos), ese mismo que todos los días me acusa de impuntual y me sumerge en el trabajo que me cambia. Me cambia como los giros a la salsa su contextura, ambos parecemos cremosos.

Hay veces que la locura diaria me altera y, descuidado, cambio el sentido del batido o, cansado, de mano. Craso error. Es muy probable que tan impensada actitud tenga consecuencias funestas. Al regresar a casa, en lugar de a mi media naranja encontraré medio agrio limón y, la mayonesa “cortada”; en estos casos, se impone el auto dominio y la frialdad. Poniendo la mayonesa sobre hielo con paciencia, piropos y pequeñas caricias se comienza a revolver suavemente.

Los chistes ya producen sonrisas, los besos ardor y ya he recuperado un estupendo aderezo que olvido sobre la mesa mientras te sigo apurado.

 

Carlos Caro
Paraná, 7 de enero de 2015
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La cita

Dudé ante la mesa circular de madera oscura. Pensé que tal vez fuera mejor una de las cuadradas para cuatro personas y con mantel. Sin embargo, las sillas estilo tonet que la flanqueaban, me terminaron por convencer de que ésta sería más íntima.

Llegué nervioso y con antelación, como un pescador que, con el dedo en el sedal, presiente que su presa aún puede escapar. Como el café vendría después, le pedí al encargado, con vergüenza, un poco de agua. Le aclaré que estaba esperando a alguien y que luego ordenaría. Al rato, pasó como una exhalación con otro pedido y, sin ganas, me arrojó un platillo con una copa de agua. Que en su aterrizaje no se derramara ni una sola gota, me hablaba de su acostumbramiento a los sinsabores de ese trabajo.

Con Alicia la cita era a las seis de la tarde. Siempre he tenido mala suerte con las mujeres pues no me ayudan ni mi cerebro ni mi aspecto; por eso, mis expectativas de que se fijen en mí son muy bajas. Sin embargo, lo que sentía por Alicia me superó y le pedí encontrarnos. Me miro pensativa mientras intercambiaba miradas suspicaces con sus amigas, creí ver en ello que todo sería una broma y ya seguía mi camino.

Su “bueno” me sonó a terremoto y quise esconderme, desaparecer con cobardía. Pero entrando en la locura, me sentí extrañamente normal (como hacía mucho que no sucedía) y desande mis pasos para combinar los detalles: día, hora y lugar. Mi instinto es un amigo conocido, que, aunque viejo, no se deja engañar fácilmente; por eso, cuando llegó el día, las campanadas de la hora sonaban a duelo desde antes que se hiciera la hora de encontrarnos. Por supuesto, ella no había aparecido aún por el Café y solo me aferraba a mi cordura un esperanzado “todavía”.

He hecho una comparación desesperada de la imagen angelical de Alicia con cada chica que ha entrado, sin resultados. No sé qué hacer ya con mis nervios, con mis manos, con mis pies ni la maldita agua que misteriosamente se evapora. Mi habitual pesimismo comienza a despertar y mi cabeza se agacha en igual proporción. En ese preciso instante la veo tropezar (con elegancia) en la vereda, del otro lado de la puerta. No me extraña su donaire pues Alicia es alguien muy particular, pienso mientras sonrío.

Cuando se levanta, noto que mi ansiedad me ha equivocado y esa persona es otra. No me dejo abatir y le ordeno a mi imaginación que la recree como un duende. Así, esa Alicia imaginaria entra apurada y ansiosa pues se le ha hecho tarde. Su cara recorre el lugar y sus ojos bailotean hasta encontrarme. Con una sonrisa de alivio se apura hacia mí, sin notar al camarero que cruza con la bandeja cargada.

En mi quimera, el choque cataclísmico no sucede, es evitado por un golpe de muleta, que, cual torero, da ese extraordinario mesero. De pie para saludarla le tiendo las manos y le doy un breve beso en la mejilla. Me parece que se alarga infinito bajo su oreja y queda prendado de su perfume. Cuando se sienta pido dos cafés y, durante la espera, me explica su tardanza. La entretuvo una tía en la casa en la cual conviven, una verdadera bohemia de quien debe haber heredado sus excentricidades. De ese modo, ambas cumplen su sueño de independencia y no se dejan intimidar por nada.

Yo, que vivo sojuzgado por mi soledad, añoro esa libertad. Quiero decirle que la admiro, que sueño con amarla, pero entonces comienzo a tartamudear, mezclo experiencias comunes con latidos desacompasados de mi corazón. Ella me ayuda en el intento contando sus propios tropezones, me anima pero, aun así, mi lengua pierde su lucha con los dientes y sólo farfullo con el rostro cada vez más violeta. Ella ríe. Herido, quiero desaparecer, quiero arrastrarme a algún lugar oscuro para morir y quiero ensordecer. Pero ella ríe y ríe, divertida.

Se esfuma el duende y aparece el camarero insistente, cuadrándose a mi lado. Todo lo imaginado desaparece como una pompa de jabón. Su mirada es de desprecio cuando le pido un segundo vaso de agua. Ya se ha hecho de noche, varias horas han pasado de la acordada. Mi instinto me lo había advertido, me levanto vencido, siento que he sido burlado otra vez.

Dejo unas humildes monedas como disculpas al camarero y trato de salir tan inadvertido como una sombra…, sombra que sin escarmiento aún espera.

Carlos Caro
Paraná, 10 de enero de 2015
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Esmeraldas

Yo era su ayudante y no dejaba pasar ocasión de vanagloriarme de su importancia aunque ésta fuera prestada. Con mis siete años pisaba fuerte y con seguridad mientras realizaba sus encargos de un lado a otro. Poco sabía a esa edad que era mirado con lástima, aunque no la suficiente para que, con valentía, mejorara mi situación. No conocía a otros niños y mi ignorancia transformaba en habitual mi miseria y dependencia.

Dormía en un rincón de la pequeña cocina donde toda las mañanas y noches me esperaba, como espléndido manjar, un plato de gachas. Al lado estaba su dormitorio y más adelante el salón comercial que daba a la calle. Por detrás de éste, su taller de carpintería, donde armaba los ataúdes, cortaba, cepillaba y lijaba la madera hasta que podía acariciarla con cariño por su suave textura. Era su negocio, su pasatiempo y su único amor.

Alto, enjuto, callado y siempre de negro, debía interpretarlo por sus escasos gestos y señales. No creo que él me tuviera cariño y sin embargo, yo lo amaba aferrándome a él como a un padre ya que era el único que a veces se ocupaba de mí.

Lo llamaban el igualador, no como los cowboys del oeste americano a sus armas, sino que cualquiera fuese el rango o la fortuna del muerto, todos recibían el mismo tipo de ataúd. No había ebanistería ni laqueados brillantes ni broncíneas manijas, solo el pino cuidado y un simple carro para llevarlo al enterradero.

El lugar se llamaba Atahualpa y era apenas algo más que un montón de carpas. Sobresalían el bar con su anexo de cortinados donde atendían las putas y que extrañado recordaba en mis sueños, la carpa grande del sacamuelas que también obraba como médico de urgencia y el local de mi empleador.

Nunca tuvo otro nombre y hasta para mí era el Sr. Sepulturero. Su semblante impávido no invitaba a las bromas y se decía que a los finados que le caían mal los enterraba a poca profundidad y con la tapa del ataúd sin clavar, de tal manera que el cuerpo fuera devorado por los carroñeros de la selva. Justamente este temor era el que había decidido a los desparramados habitantes a llamarlo para que se dedicara a su oficio.

Hacía tres años se había encontrado una veta de esmeraldas en esa pequeña altiplanicie de los Andes y esto atrajo a toda laya de desesperados que, con esperanza, habían nominado al lugar con el nombre de aquel cacique inca cuya diadema había portado, según la leyenda, la gema más grande y, que por supuesto, seguía creciendo en su imaginación año a año.

Al igual que los indios, creían que estas joyas se formaban y embellecían durante la época de las lluvias, que estas lavaban la savia verde de la selva y la condensaban bajo la tierra, donde durante la época seca, se endurecía como el cristal.

Con la invasión de gente vino de todo: los honestos, que solo eran pobres en busca de una vida mejor para sus familias y que trabajaron con ahínco sin advertir que eran ovejas. También vinieron los malvivientes y pulularon, aprovechados, los asesinos como depredadores. Por ambición, alcohol o mal carácter; con palo, cuchillo, o bala, al año sobrevivían únicamente los lobos.

Fueron tantos los despenados olvidados sin respeto en la espesura que en la siguiente época seca, el campamento se llenó de alimañas que se alimentaban de ellos y esparcían sus restos putrefactos junto con un olor inicuo e insoportable. Con esa culpa a cuestas, mudaron el campamento y ese horror les metió tal miedo en el cuerpo que llamaron a un sepulturero.

Una vez al mes llegaba un camión acorazado y en una resplandeciente camioneta todoterreno con aire acondicionado, el comerciante de turno que compraba a bajo costo el sudor verde de las gemas de la selva para venderlas por fortunas, únicas y misteriosas, al resto del mundo.
En una de esas visitas y cuando ya tenía nueve años, ese carpintero de la muerte me dio unos billetes, la dirección de una hermana y me despachó sin más junto al mercader. No hubo mordiscos o arañazos que lo hicieran vacilar y una vez cerrada la puerta del automóvil me dio la espalda y se alejó.

Desde entonces mi vida cambió y se hizo todo lo normal que se supone debía ser. Sin embargo, cada vez que miro a mi hijo de nueve años regresar del colegio, mi mente se reencuentra con la selva, el calor y la humedad. Nunca más supe de él y siempre lo recuerdo con nostalgia, dudando si existió esa lágrima que corrió por su mejilla al girar para darme la espalda y cambiar mi destino.

Carlos Caro
Paraná, 13 de abril de 2015
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